La política de la danza oriental en Egipto

Por Shannon Arvizu*. Publicado en Arab Studies Journal en 2004. 

En el Egipto moderno, las bailarinas orientales forman parte de las bodas, fiestas, restaurantes, centros nocturnos y turísticos como entretenedoras. Son apreciadas tanto por su arte como por su capacidad de interactuar con los invitados y crear un sentido de unión en las ocasiones sociales. Como mujeres que se presentan con su cuerpo para generar ingresos, también son vistas con sospecha y, dependiendo de su estatus y presentación, algunas veces también se les vincula con la prostitución en el imaginario público. (La excepción son las bailarinas folklóricas, como las de Reda Troupe, que son consideradas una fuente de orgullo nacional y entretenimiento familiar). Esta asociación tiene sus orígenes en el siglo XIX, cuando el circuito de entretenimiento femenino cambió considerablemente.

A continuación hago una breve reseña de la historia de la regulación de la danza oriental en Egipto, que no es completa debido a la naturaleza fragmentaria de las fuentes disponibles.

En los años de 1800s las entretenedoras femeninas podían dividirse en dos categorías básicas: las awalim, que sabían de música, poesía y canciones y que entretenían a las mujeres en los harenes, y las ghawazee, bailarinas de ciertas tribus gitanas, de los grupos étnicos Nawar, Halab o Bahlawan. Tocaban los sagat en espacios públicos en los que había tanto hombres como mujeres. Las bailarinas públicas debían contribuir una porción de sus ingresos al Estado, al igual que “otros entretenedores como los encantadores de serpientes, los malabaristas y los vendedores de hashish”.

Las prostitutas de El Cairo estaban bajo la supervisión del wali, cuyas funciones incluían llevar el registro de contribución fiscal de las prostitutas así como de los ladrones, mendigos y otros en “posiciones consideradas vergonzosas”.  A principios del siglo XIX el wali tenía amplio margen para decidir a quién incluir en su registro. Muchas bailarinas públicas quedaron bajo su jurisdicción con el fin de aumentar los ingresos. La corrupción oficial de este tipo y la condena pública de las bailarinas y prostitutas, encabezada por los ulama (autoridades religiosas), colocó una presión considerable sobre Muhammad Ali para que emitiera su edicto en el que se vetó a ambos grupos de mujeres de la capital del país, en 1834. Muchas entretenedoras perdieron ingresos como resultado y se refugiaron en el Alto Egipto y otras partes del país.

Aunque  las ghawazee no eran conocidas principalmente por proporcionar servicios sexuales, Tucker argumenta que la categorización de entretenedoras también pudo haber contribuido a borrar las distinciones entre las mujeres con habilidades comprobadas y quienes se vieron orilladas a prostituirse debido a los giros del destino. Algunas mujeres que fueron exiliadas de El Cairo al Alto Egipto eran entretenedoras de considerable talento y capacitación. Menciona el caso de Kuchuk Hanem, la “mujercita” descrita por Gustave Flaubert, Maxime du Camp y George William Curtis, que sufre una existencia precaria en el campo, incapaz de prosperar con su danza como alguna vez lo hizo y temerosa de que le robaran sus joyas.

El influjo de viajeros occidentales y soldados contribuyó en gran medida al cambio en el circuito de danza profesional de la época.  Las famosas bailarinas de Egipto eran muy buscadas por los voyeurs extranjeros que esperaban encontrar elementos que confirmaran su imagen del “exótico Oriente“. Los extranjeros constituían una nueva fuente de ingresos para las bailarinas, pero con frecuencia pedían que las mujeres bailaran desnudas o de otras formas sugerentes. Las mujeres relacionadas con el entretenimiento pagado perdieron estatus y prestigio como resultado de los servicios deseados por los viajeros y soldados.

Obra de Frederick Arthur Bridgman (1847-1928). Almeh coqueteando con un policía armenio en El Cairo.

La prohibición a las bailarinas de presentarse en la capital no duró mucho, porque el gobierno se beneficiaba más de cobrar impuestos a las bailarinas que de prohibirlas. Durante el mandato del jedive Ismail, las bailarinas (y las prostitutas) pudieron regresar a El Cairo y se les colocó bajo un sistema fiscal similar al que existía antes de ser exiliadas. Tucker escribe:  “En 1866, se estableció un nuevo régimen fiscal para las bailarinas que dejaba la cantidad que debía cobrarse a cada mujer, probablemente con base en su capacidad de generar ingresos, a decisión del oficial recaudador”.

Con la ocupación británica en 1882 y el surgimiento de un distrito de clubes nocturnos en Ezbekiya Gardens, las entretenedoras tuvieron un nuevo lugar para desplegar sus talentos. Aunque frecuentados por extranjeros y egipcios de dinero, las bailarinas siguieron cargando con el estigma de su profesión debido a la ropa reveladora que usaban y las prácticas en las que incurrían, como fath, sentarse a tomar con los clientes a cambio de propinas. En 1932 la policía de Ezbekiya intentó sin éxito limitar las presentaciones de belly dance utilizando una legislación que prohibía los “actos escandalosos en público”. Una bailarina que fue asesinada en los años 30, tras negarse a pagar dinero de extorsión a una mafia de protección en el distrito de Ezbekiya), Imtithal Fawzy, encaró una demanda legal al principio de su carrera “por la inmoralidad en su danza”, escribe Shaun López. “Aunque pudo convencer al juez de que su presentación no violaba la decencia ni ofendía los sentimientos de la audiencia masculina, no hay duda de que a Fawzy se le asociaba con la prostitución y el comportamiento inmoral como a otras bailarinas”.

Cuando la prostitución fue prohibida en 1949, quizá el estatus de las bailarinas en la esfera púbica mejoró un poco con la diferenciación legal entre su profesión y la prostitución. Sin embargo la regulación de su profesión continuó y en 1951, la práctica de fath en los centros nocturnos también fue prohibida.

Gamal Abdel Nasser y el recién formado gobierno nacionalista en 1952 intensificaron los esfuerzos por moldear la producción cultural de la danza. Los procedimientos regulatorios que requerían que las bailarinas usaran cierto tipo de ropa, como cubrir el escote y el ombligo, se debieron a un deseo nacionalista de mostrar una imagen menos provocativa de la mujer árabe representada en los medios y en las artes. También se prohibió la danza oriental en la televisión, con la excepción de las escenas de danza en las películas clásicas en blanco y negro.

La demanda de la danza oriental alcanzó su cúspide en los años 70 y 80, coincidiendo con el aumento en los ingresos de muchos egipcios debido al auge de la economía petrolera y la política de “puertas abiertas” de Anwar Sadat. Musannafat, el ministerio que regulaba y censuraba la producción artística en los teatros, películas y cabarets, era responsable de otorgar permisos y asegurarse de que los artistas pagaran sus impuestos. Debido al aumento en el salario de las entretenedoras y los procedimientos de licencias que fueron instaurados, la profesión se volvió muy individualizada. En esta era hubo la última generación de bailarinas educadas en la tradición de las ustawat, entretenedoras experimentadas que sabían bailar, cantar y tocar música que vivían en la calle de Ali y los alrededores. Actualmente otro departamento, conocido como adab, o la policía de la moralidad, monitorea los trajes que utilizan las bailarinas y sus presentaciones, aunque se les encuentra más en los cabarets de mala muerte de Haram Street que en los hoteles de cinco estrellas.

En los años 90 la presencia de la danza oriental en los centros nocturnos y cabarets disminuyó considerablemente. Junto con la caída en los ingresos, el conservadurismo religioso cobró fuerza y la presencia de las bailarinas en bodas y otros eventos sociales empezó a ser mal vista. En los lugares para ricos, ocasionalmente se pide la presencia de una raqasa (bailarina) para fiesta de compromiso y bodas, junto con una banda folclórica de duff para la procesión nupcial (zaffa), pero otros optan por DJs o conjuntos de violines.

Una caída en el turismo en los últimos años debido a las tensiones regionales también ha hecho que disminuyan los shows para público internacional en botes que navegan por el Río Nilo o en hoteles en Luxor, Aswan y Sharm el Sheikh.  La falta de interés en la generación más joven, cuyos padres solían asistir a los centros nocturnos en los años 70 y 80, también es otra razón importante que se considera que ha contribuido a la situación actual de la danza oriental en Egipto.

La falta de demanda y la menor cantidad de oportunidades para ver un “show de calidad”, es decir una presentación profesional que incluye varios estilos y técnicas, cambios de vestuario, un solo de percusión y un final, ha resultado en una estructura de presentaciones muy estratificada en El Cairo. Las entretenedoras más respetables se encuentran en establecimientos que cobran entre 8 y 65 dólares la entrada, algo que la mayoría de los egipcios de clase media no pueden pagar. A estos lugares  acuden principalmente hombres de negocios árabes y extranjeros, turistas, expatriados y algunas parejas egipcias de clase media alta. Los clubes nocturnos de Haram Street son una alternativa media, cobran entre 4 y 9 dólares y atienden a una clientela principalmente masculina y egipcia con bailarinas de talento mediocre. (Parisiana, en Haram Street en donde baila Lucy es la excepción).

En la parte más baja de la escala se encuentran los lugares con interiores dilapidados en el centro de la ciudad, que cobran entre 1 y 2 dólares la entrada.  La audiencia es principalmente la clase trabajadora egipcia y extranjeros “mochileros” que buscan una opción de entretenimiento barata. (La guía de Lonely Planet los menciona como una opción colorida e interesante para pasar la tarde). Las entretenedoras de estos lugares por lo general pasan más tiempo hablando con los clientes que bailando, y ocupan el escenario por muy poco tiempo antes de ser reemplazadas por una continua rotación de mujeres con habilidades dancísticas mínimas.

(Shannon Arvizu es maestra en sociología y antropología por la American University de El Cairo)

Acerca de Giselle Habibi

Soy la autora del libro Danza Oriental en Egipto, periodista, traductora y bailarina de danza árabe, pero ese es mi ego hablando. Mi yo interior es un espíritu despierto, un alma ecléctica que vive el presente apasionadamente. Creo que en la amplia variedad de habitantes de este mundo tenemos una fuente inagotable de maestros así como de compañeros para disfrutar el samsara. Desearía que cuidáramos mejor a la naturaleza y especialmente a nuestra familia humana, porque todos somos UNO y lo que pensamos, hacemos y decimos reverbera para siempre.
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2 respuestas a La política de la danza oriental en Egipto

  1. SEOMARA REBECA BIANCHI BRANDAN dijo:

    Amo tus escritos Giselle. Besos

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